
La escasa
consideración social que tenían las mujeres en estos siglos, en todos los ámbitos
de la vida, especialmente en el laboral, hace muy difícil conocer el grado de
implicación en los talleres. Su labor se conoce a través
de la delicadeza de las portadas, que nos hablan de una mano femenina, o del pie de imprenta, donde figuran, generalmente, como “viudas de…”, ya que son pocas las que se atreven a firmar con su propio nombre.
Algunas de
estas tipógrafas del siglo XVI son: Jerónima
Gales. Viuda de Juan de Mey (1556-1568) y viuda de Pedro Huete (1581-1587).
Destacó por su pericia como impresora. Publicó la traducción castellana de El libro de
las historias, de Paulo Jovio, en el año 1562, en el que reivindicaba su
experiencia y conocimiento de la profesión, y al que le añadió un soneto,
escrito por ella misma, en los preliminares. Firma como viuda de Mey.
Brígida Maldonado, viuda de Juan
Cromberger, desde 1540 a 1545 dirigió el taller más
importante de Sevilla y uno de los más activos de la Península, siendo la época de mayor prosperidad. Conocía muy bien el
mundo del libro, ya que venía de una familia de libreros de Salamanca. Renunció
a firmar con su nombre, sus ediciones las firmaba con el nombre del taller.
En el siglo
XVII citaremos a: Catalina del Barrio y
Angulo. Viuda de Fernando Correa de Montenegro (1621-1622) y Viuda de Juan
González (1633-1651). Catalina comienza su tarea de impresora en 1621, como Viuda de Fernando Correa de Montenegro,
imprimiendo varias obras hasta 1622. Volverá a aparecer en 1633, como Viuda de
Juan González, y a partir de 1640 firmará,
en numerosas ocasiones, con su propio nombre.
María de Quiñones, viuda de Juan de la
Cuesta. Casada en segundas nupcias con Juan de la Cuesta, a la muerte de éste,
en 1625, hereda el taller, pero no se pone al frente hasta 1628.
Empezó firmando sus trabajos como viuda, pero a partir de 1633 comienza a firmar
con su propio nombre. Su trabajo fue muy
abundante y de calidad. Su último impreso lo realizó en 1666.
En el siglo
XVIII llegaron al poder los Borbones y con ellos la ilustración. Las mujeres
tomaron conciencia de su situación y exigieron tener un puesto en la sociedad.
Con Carlos III se crea la Compañía de
Mercaderes de Libros, que aglutinó a todos los oficios relacionados con el
libro. Sin embargo, la legislación de la época
exigía a las hijas y viudas de encuadernadores tener al frente de sus
tiendas a un oficial del arte que gobernase, lo que propició el matrimonio
con impresores para poder mantener el negocio.
Algunas de
estas mujeres tipógrafas realizaron
grandes avances en este siglo, es el caso de
Teresa Vendrell que, a pesar del corto periodo en que ejerció la
profesión, firmó con su propio nombre e imprimió libros en cursiva y con tipos
redondos, algo inusual en la época. Los expertos destacan el buen gusto y la
calidad técnica y artística de los trabajos que salieron de sus prensas.
Antonia Ibarra imprimió en caracteres griegos. Por su gran dominio de la técnica obtuvo la
calificación de “impresora completa”. Realizó para la Universidad de Cervera
obras tan importantes como las Fábulas
de Esopo o la Gramática de Pedro
Núñez.
En el siglo XIX existen muy pocos estudios sobre el libro en general y sobre el arte
tipográfico en particular. A través de
algunas fuentes conocemos nombres de impresoras que firman como viudas de
tipógrafos, aunque no podemos afirmar
que se traten de las profesionales más destacadas. Por citar algunos nombres: Viuda
de Aguado, de José Hidalgo, de Mendizábal, de Ferrer, etc. A medida que avanza
el siglo, los cambios derivados de la Revolución Industrial, como la mecanización de la producción, trasformaron el negocio
editorial que dejó de ser estrictamente familiar y pasó
a estar liderado por hombres,
orientándose el papel de la mujer a otras esferas como la ilustración,
la encuadernación, etc.
Imagen tomada de: ameagenda.blospot.com
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Esta es la opinión de los internautas, no de la Biblioteca de Ciencias Jurídico-Sociales de la Universidad de Oviedo.
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